8-7-16  |  Historias de Éxito

Un día en Cusmapa

POR: Fabretto

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El camino de Somoto a Cusmapa es un camino sinuoso con una vista impresionante. Después de sólo cinco minutos, me siento mareada por el montón de curvas. Pasamos a gente que viene subiendo la montaña hacia Cusmapa. Reconozco algunos de ellos de Somoto, deben haber estado caminando por la carretera desde después del almuerzo. Todo esto me hace sentir que no debo quejarme tanto del camino.

A pesar del  tiempo que llevo viviendo en Nicaragua, he llegado con los ojos tan frescos como el de un voluntario. Hasta ayer, nunca había oído hablar de Cusmapa. Lo tuve que buscar en Google. A más de 240 kilómetros de la capital, este bello lugar no está en la lista de destinos para descubrir en Nicaragua.


La imagen de los niños que conocí en el Centro de Educación de Cusmapa se quedará siempre conmigo. Sigo pensando en los niños que jugaban con las canicas en el patio del centro, sólo interrumpido por el almuerzo. Los observé mientras comían. Ellos me sonrían y también observaban a la desconocida. Me miraban mis zapatos, mi teléfono, mientras escribía en mi cuaderno con la intención de no parar; pero ellos parecen encantados de que estemos con ellos. Uno se me acerca y me pregunta “¿De dónde sos?” Los demás se ríen y esperar la respuesta. Mi colega los confunde con su acento español, nos ha hecho parecer extranjeras a las dos. “Soy de aquí”, les respondo. “¿De aquí!?” chilla uno mientras los otros se pierden en risas.

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Hay un niño pequeño que vengo observando desde el patio; es inquieto, sonríe mucho y se mueve rápido. Su nombre es Marlon. Él come rápidamente. Justo antes de entrar en el comedor, me entero de que tiene entre 11 y 12 años de edad. Mi colega de Fabretto me informa que actualmente se está recuperando de un caso severo de desnutrición. Su pequeño cuerpo mide la mitad del tamaño de los otros niños.

Cuando termina de almorzar sale de nuevo al patio. Se da cuenta que yo vengo detrás y me dirige hacia a una pared verde, sentándose en el borde de un pequeño muro. “Tómame una foto”, dice mientras se ríe. “Por supuesto,” le digo. A medida que los otros compañeros se acercaban a nosotros, un amigo le entrega un segundo plato de comida. Marlon saca un envase de su mochila y comienza a guardar el arroz y los frijoles que acaban de traerle. “Para más tarde”, me dice y sonríe.

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Los niños nos rodean. “¿Sabes cuántos años tiene Marlon?”, dice uno de ellos subido en lo alto de un árbol. “No”, respondo. “¡Tiene 12 años! ¡Y mira que pequeño que es! “, le grita y salta de una rama.


Mis ojos siguen pegados a Marlon, quien a pesar de los comentarios de sus compañeros no se inmuta un segundo, mientras continúa bebiendo su fresco.


Elena, mi colega, abre un paso entre el grupo de niños que nos rodean, “Todos tenemos diferentes tamaños, formas y colores. Eso es lo que nos hace únicos. ¿Verdad? ” Todos están de acuerdo. El pequeño niño asiente con la cabeza y sonríe mientras sorbe tranquilamente su fresco, se acerca a mí una vez más, “¿Me vas tomar otra foto?”, me pregunta.

“Claro que sí, Marlon”

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